El impacto de la tecnología en la educación del siglo XXI, por Gustavo Tomasi/Ilustración: Paulo Velázquez

Las conquistas en los tiempos modernos se alcanzan con el ordenado desarrollo de la instrucción y la educación, aconsejó el Ministro a su Rey. El súbdito y su majestad nunca imaginaron que la aparición de un tercer instrumento, denominado tecnología, completaría la tríada que ayudaría a maximizar al extremo el anhelo imperialista del gobernante.

Así las cosas, nace (o al menos debería) el compromiso de las clases subalternas por saber quién educa y qué saberes se imparten, para preguntarse cómo y de qué manera influirán las políticas nacionales e internacionales en el campo de las ciencias productora de saberes. Si la tecnología, hija directa de la ciencia y de la ideología, continúa en las manos y mentes de unos pocos, la sociedad y con ella la educación corre el peligro de estar sometida a un instrumento de poder que perpetúa en los establecimientos educativos (uno de los tentáculos del actual sistema) la reproducción justificativa de un sector social privilegiado.

Por ello, la escuela no puede estar exenta del uso social que de la labor científica devenga. La influencia y los efectos de los cambios tecnológicos nos comprometen a realizar una lectura crítica, una investigación planificada sobre el paradigma presente-futuro de la educación. Lo que fue, es y lo que puede llegar a ser la educación sólo depende del colectivo social.

Marx ya lo decía con claridad:

La apuesta por proyectos que avalen el estudio de las ciencias les dará a los pueblos una opción emancipadora. En la actualidad las naciones desarrolladas no desconocen esa importancia, y reclutan cerebros talentosos de todo el mundo para apoderarse del conocimiento de primer nivel, con el objetivo de acumular poder, entendiendo el conocimiento como una herramienta de dominio. Eso marca una de las diferencias entre países del primer mundo y subdesarrollados. Estos últimos, a pesar de disponer del material humano, no cuentan con el conocimiento total de la tecnología que manipulan y los manipula.

Para analizar el efecto de los avances tecnológicos en la educación debemos entender el contexto sociocultural que condiciona la actividad y remarcar la relación existente entre tecnología e ideología, que sistemáticamente es sometida a dictaduras de intereses que determinan y conducen con rumbo impreciso a la profesión pedagógica al terreno donde todo parece estar preestablecido.

Según el sociólogo Emile Durkheim la educación es un proceso de socialización metódico, sistemático y planificado que los dueños del sistema realizan sobre todas las generaciones (desposeídas) para que se adecuen a la sociedad en que viven y mantengan su estabilidad. Por ello los fines de la educación están determinados por las necesidades sociales del grupo hegemónico y sirven, en definitiva, al mantenimiento de la clase privilegiada, quebrantando la diversidad de la especie humana.

Desde fines del XIX, los Estados modernos se propusieron la integración y conversión de las clases trabajadoras al orden social burgués, y hasta nuestros días, en que la posta histórica dejó el testimonio en manos del mercado, tanto Estado como mercado sólo garantizan a los pueblos la idea de seguir retransmitiendo la idea y el pensamiento de una determinada clase social.

Los sociólogos Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron consideran que la escuela tiene un papel activo en la perpetuación de las desigualdades sociales en la medida en que el sistema escolar enseña y propaga la cultura de las clases dominantes. La pregunta, entonces, es si el trabajo docente será socialmente viable o terminará siendo víctima de los mecanismos perversos que alimentó en forma superficial o subliminal. Basta una mirada para comprender que la educación moderna produce y reproduce sistema.

El educador deberá saber que su producto estará doblemente cercenado por las reglas del juego que propone e impone la modernidad: tecnología-ideología.

Evaluar la primera será de vital importancia para conocer cuáles son los límites tecnológicos, serán los encargados de señalar hasta dónde y con qué instrumentos podemos enseñar. Para la segunda, aparecen los aspectos ideológicos, siempre inseparables del hasta dónde podemos decir (escuelas religiosas, extranjeras, públicas, privadas). Ambos determinados por factores externos a lo estrictamente educativo.

Por otra parte, y en víspera de un futuro que ya se instaló en todos los ámbitos de nuestras vidas, no se puede dejar de reconocer que las nuevas tecnologías se convirtieron en una herramienta omnipotente que media y potencia en formas objetivas/subjetivas las actividades del hombre, y que indiscutiblemente son reproductoras funcionales del desigual sistema económico e ideológico al que pertenecen.

Aquí son las relaciones humanas las que deben ser responsabilizadas por sus usos o desusos, porque es el sujeto colectivo el que opera con la lógica del objeto. La culpa no es de la escuela o la tecnología sino del ser social, que construye con la lógica de quien lo reemplaza. No entenderlo es asistir al desmoronamiento total de la democracia educativa, que supondría la pérdida de la posibilidad de expoliar espacios al sistema de producción preponderante.

Lejos del debate político de fondo, los docentes hablamos de cambiar los contenidos, pero estamos encerrados en la trampa de la circularidad de lo dado. Pese a las autocríticas, esfuerzos e intentos malogrados terminamos por perpetuar lo mismo. De manera involuntaria, las más de las veces reproducimos  inconscientemente la ideología que nos somete.

Además, la facultad de generar nuevas formas de conocimiento no son las ideales. Alcanza con echar un vistazo a las condiciones agobiantes que sufrimos los docentes con la continuidad de las políticas liberales, reflejadas en un ascendente de precarización laboral y reducción salarial e inseguridad. Como sea, la garantía de todos esos derechos no resolvería más que el primero de los tres escollos económicos consecutivos que plantea la resistencia al capitalismo: la fase sindical elemental, la ofensiva por el control obrero de la producción y la lucha para la eliminación del capitalismo a través de la socialización. Hasta ese día no se resolverá el tema principal: el sometimiento del alumno/profesor/institución a la reproducción de un sistema premeditado y perverso que está en manos ajenas: el mercado y su garante el Estado.

No todo el efecto de la globalización termina allí. El amo, Don Capitalismo, acomoda todo lo que toca a la ley del libre mercado. La educación no es la excepción: hasta ayer portadora de un discurso cientificista, se acomodó al lenguaje tecnócrata de estos tiempos. La fórmula para los templos del conocimiento es medir costos y beneficios que garanticen una buena oferta y demanda a partir de una gestión educativa basada en un gerenciamiento educativo que preste el mejor de los servicios educativos, y todo pensado a partir de las competencias de los alumnos y profesores. Ya no se habla de capacidades. Sin gritos ni puteadas, cambiamos el lenguaje técnico pedagógico por el técnico económico en tiempos tan acelerados que, visto a la distancia, causaría asombro en el más incrédulo.

Los trabajadores de la educación del nuevo milenio debemos poder encontrar la forma decodificadora que rompa el cerco que traza los límites entre el polo dominado, que accede al único y pobre discurso hegemónico-homogeneizante de la clase dominante, y el otro polo también dominado y mayoritario que, por condicionantes sociales, históricos y económicos no tiene la oportunidad de alcanzar la (educación) producción de un contra discurso crítico y transformador de las condiciones que nos someten al papel de espectadores de nuestras vidas.

Esas políticas sirven para entender, como dice Vygotsky, las relaciones sociales en las que el individuo se desenvuelve, porque como afirma el autor: “La dimensión  social de la conciencia es primigenia en tiempo y hecho. La dimensión individual de la conciencia es derivada y secundaria”.

El hombre, como buen animal histórico social simbólico, “se va transformando por la educación, se integra a la estructura social y ocupa en ella un lugar que es de producción económica y de reproducción de las relaciones propias de esa formación social”. Otros agregarían para la supervivencia de la especie, y seguramente olvidarían mencionar a cuál de sus dos clases, porque se cae de maduro cuál es la que se reproduce.

“…En cuanto instrumentos estructurados y estructurantes de conocimiento, los sistemas simbólicos cumplen su función política de instrumentos de imposición o legitimación de la dominación, que contribuye a asegurar la dominación de una clase sobre otra (violencia simbólica) aportando el refuerzo de su propia fuerza de las relaciones de fuerza que la fundan, y contribuyen así”, según la expresión de Weber, “a la domesticación de los dominados”. Esto reduce el campo de independencia del trabajo docente aunque, como queda implícito en el trabajo pedagógico, muchas veces los educadores no tenemos conciencia de ello.

Quizá por ello, diferentes marcas de primer nivel mundial vieron allanado el camino para proponer apoyos pedagógicos destinados a organizar talleres en clases. Danone, Kellog’s, Liebig, Mars, Microsoft, Colgate saben que la mayor parte de los hábitos de consumo se adquieren en la infancia, de modo que las empresas tratan de construir su imagen desde la edad más temprana posible. Estos instrumentos ya nada tienen que ver con lo educativo/pedagógico porque implican publicidad, por ende son proyectos que hacen prevalecer las ideas comerciales.

Como explica el ex maestro y sociólogo francés Yves Careil, “bajo la cobertura de mecenazgo y de la participación ciudadana, las marcas se introducen en los establecimientos de enseñanza: la institución y los padres preocupados por el éxito de sus hijos las legitiman. Esos financiamientos privados refuerzan las desigualdades entre las instituciones equipadas y las que están demasiado preocupadas por salvar sus fallas. El fenómeno no es más que un elemento del ascenso en potencia del liberalismo en la escuela”. En las palabras de Careil se reafirma un mensaje con un alto contenido ideológico, que manifiesta el logro de un sistema político/económico sobre otro.

Los docentes tendríamos que generar propuestas de tipo alternativa, alterativa y movilizadora de políticas educativas ingeniosas, que amalgamen en un proyecto orgánico y colectivo a las instituciones intermedias, para brindarle a la sociedad la posibilidad de debatir nuevas formas de conocimientos que eludan la metodología con que los dueños de la sociedad diseñan nuestra aprehensión de la realidad. O para mejor decir, diseñan nuestra realidad con una sola comprensión, codificando y manipulando los mensajes, amparados en el montaje y la artimaña, elementos que por estos días permiten la complejidad efectiva y demostrada de la ciencia y la técnica.

Esto provoca lo que según Piaget y Vygotsky, entre otros, concebían como internalización: un proceso en el que ciertos aspectos sucedidos en el plano externo, sustentados en procesos sociales mediatizados semióticamente, pasan a ejecutarse en un plano interno. Así la estructura del funcionamiento interpsicológico tiene un enorme impacto en las estructuras intrapsicológicas resultantes, provocando que el sujeto social termine por aceptar como natural lo que es fruto de un proceso histórico.

Llevar adelante emprendimientos educativos de pequeña escala, de representación colectiva desde los barrios y otras mediaciones será útil para la construcción y circulación de un nuevo mensaje que represente al sector social desposeído (el 80% de la población mundial),  que solamente tiene acceso a las tecnologías creadas por otros, a la ideología pensada por otro y a una economía dibujada y dominada por los actores del sistema financiero encarnados en organizaciones internacionales del tipo Organización Mundial de Comercio (OMC), Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI),la Organización por la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Los mismos que delinean el futuro educativo de la periferia planetaria.

La educación del siglo XXI deberá tratar de romper el bombardeo simbólico, que encuentran su máximo volumen de tránsito y persuasión en los medios tecnológicos (libros, videos, soportes digitales). No hay que creer que la simple reproducción del material propuesto por la tecnología nos avala como portadores de una verdad socialmente eficaz a los intereses de los que delegan en las instituciones educativas formales y no formales el derecho a estar educado, apenas alfabetizado.

Debemos replantearnos su lugar dentro de la sociedad; sólo así sabrá si el ejercicio docente es de carácter social comunitario o un instrumento de argumentación y sugestión del octavo poblacional que se empecina en relatar la historia de los miles de millones de personas que habitan la periferia del conocimiento y la economía. Realidad que oculta el discurso de 5 mil millones de personas que viven proscritas de las bondades del sistema para que el régimen permanezca inmutable.

Los trabajadores de la educación tenemos la responsabilidad de desempeñar una labor con alta carga de sentido político frente a la opinión pública. Actividad política que no deberá prescindir de convicciones éticas, que devele y rebele la otra cara de la verdad, que (casi) nunca aparece y que curiosamente relata otra historia, otro pensamiento, construye otra realidad. Pensemos, por ejemplo, en lo que nos enseñaron y enseñan sobre el Descubrimiento de América.

La globalización brinda la posibilidad de hacer un uso alternativo de las desiguales bondades tecnológicas porque la “máquina global interconectada” deja grandes brechas por donde filtrarse, y allí se puede generar un espacio para que lo local circule en la dirección opuesta a lo internacional, pero no como sentimiento nacionalista de tinte xenófobo, sino como reafirmación cultural e identitaria del lugar del mundo en que nos toque vivir. La idea es que algo de lo particular conviva en un mismo hábitat con lo general, aprovechando la tecnología (aunque su valor no sea neutro) como una herramienta del hombre en formación, y no al hombre como un apéndice servil del poder que se apropió de las tecnologías.

Entender las nuevas tecnologías como poderosas herramientas creadoras de modernidad no debe llevarnos a creer en un fetiche que promete la solución utópica de todos los problemas, menos aún que ya están solucionados. Pero la tecnología no es la única responsable de hacer del hombre un ser acrítico e individual que todos los días se aleja más y más de la realidad, encerrado entre cuatro paredes con un televisor o una máquina conectada a todo lo que el bolsillo y la energía permitan.

El encierro que caracterizó a la educación desde siempre nació como una forma de socialización que rompió los lazos de sangre, la amistad, la relación con la tierra y el barrio de los hijos de los artesanos, obreros y más tarde el campesinado. Algo de esa vieja burguesía sobrevive en el presente con una apariencia metamorfoseada por las tecnologías.

Sería interesante trasladar esas formas de intercambio mediatizado al plano de relaciones recíprocas. Un cara a cara físico y real (el aula, el taller, el partido) que establezca una interacción protagónica y democrática de los sujetos sociales. Reorganizar los conceptos teóricos y la práctica cotidiana devendrá en práxis liberadora, un nuevo pensar/actuar que en su dialéctica se apropie de los aspectos positivos y supere todo lo nocivo que condiciona las consciencias de la vida moderna.

Habrá que asumir un protagonismo colectivo, cooperativo y solidario comprometido con nuestra realidad y que a partir de nuevos conocimientos usufructúe lo tecnológico para ayudar a construir o reconstruir lo cotidiano, lo histórico, el arte en un nuevo proyecto sociopolítico-cultural. Por qué no pensar en aggiornar la educación liberadora de Paulo Freire en Brasil, Chile o Guinea-Bissau. Quizá no alcance, pero son experiencias que valen la pena volver a andar y desandar como paso obligado para romper el yugo económico, político e ideológico.

El gran desafío es saltar el muro del actual sistema competitivo/exitista y reintegrar a la sociedad a formas de producción educativa que contemplen a todos los que estén dispuestos, inclusos aquellos que Vygotsky denomina brotes o flores “que se hallan en proceso de maduración, con funciones que madurarán mañana y que en estos momentos se hallan en estado embrionario”.

La máquina moderna, encaprichada por hacer del hombre cosa un ser objetivado, sigue dejando -a pesar de lo dicho- una brecha de esperanza para que el hombre filtre y concrete un verdadero proyecto colectivo, se recupere como sujeto y libere a los que apostaron sus monedas al sueño individualista.

La respuesta podría ser aquella que, hace tiempo, Lewis Carroll puso en boca de Humpty Dumpty en “Alicia a través del espejo”. Si Alicia le hubiera preguntado al huevo de qué manera los cambios tecnológicos influirán en la educación, él seguramente habría contestado:

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